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sábado, septiembre 09, 2006

El Terror Enquistado en una Democracia de Baja Intensidad (2006)

El Terror Enquistado en una Democracia de Baja Intensidad. Sus orígenes y consecuencias. por Eduardo R. Saguier Investigador del CONICET http://www.er-saguier.org/ ¿A que sesudas razones históricas (culturales, políticas, sociológicas y psicológicas) obedece el profundo miedo enquistado en la opinión pública intelectual argentina?, ¿a qué obedece la autocensura, conformidad o resistencia a opinar críticamente sobre cuestiones que hacen a la democratización de la ciencia, el arte y la cultura?, ¿por qué motivos numerosos y consagrados intelectuales vienen callando la dominación autoritaria y facciosa que prevalece en las estructuras de los organismos de cultura argentinos?, ¿por qué motivo los institutos de investigación de las Universidades Nacionales (e.g.: el Instituto Gino Germani) no encararon este drama, y por el contrario en algunas de sus investigaciones (e.g.: Naishtat y Toer, 2005), las preguntas formuladas en las encuestas practicadas se redujeron a problemáticas e hipótesis de muy relativa relevancia (la representatividad formal)? Difícil es contestar estos interrogantes y aproximar un diagnóstico y una evaluación del origen de este trauma, dada la escasez de pruebas, testigos e investigaciones a las que se pueda recurrir (la mayor parte de los expedientes de estos casos no están al alcance de una investigación pues están clasificados como confidenciales). Incluso, internacionalmente, los trabajos al respecto --aparte de los clásicos como los de Gouldner (1980), Collins (1979) y Ringer (1969)-- se focalizan exclusivamente en la clase profesional (Martin, 1991; y Schmidt, 2000). Sin embargo, pese a esta exigüidad, es nuestra obligación intentar ensayar una respuesta que indague en la indiferencia de la ciencia y la cultura argentina y en la negligente omisión de sus actores, que arroje algo de luz en la crisis que padecemos. Tradicionalmente, la ciencia política ha probado que el miedo, en sus diferentes intensidades, es un ingrediente propio de los regímenes fascistas y dictatoriales, donde las primeras víctimas son los intelectuales independientes; y que por el contrario, en los regímenes democráticos, dicho miedo se va extinguiendo a medida que las libertades democráticas se consolidan. No obstante, la actualidad presente en los medios culturales argentinos permite verificar una realidad de signo adverso, pues aunque las instituciones democráticas se han restaurado, el modelo neoliberal fue derrotado, y las Leyes del Perdón (Obediencia Debida y Punto Final) fueron derogadas, el miedo al poder persiste entre los intelectuales, artistas y científicos, de las ciencias duras y blandas, jóvenes y viejos, y a una escala y gravedad cada vez más crecientes. Una explicación de estas dolorosas supervivencias sería que frente al inconcluso intento de restauración democrática (1983), a la parcial derrota experimentada por el neoliberalismo (2001), y al lento mecanismo judicial restaurado (2005), al no haberse erradicado de cuajo dicha triple herencia –que ha quedado plasmada en actores colaboracionistas de esas épocas y en prácticas, legislaciones, regulaciones, reglamentaciones y jurisprudencias antidemocráticas aún vigentes-- no se habría podido afianzar la participación y la confianza mutua de la comunidad intelectual. Pero otra explicación, de una entidad aún más compleja y profunda, es la que han dado recientemente, poniendo énfasis en diferentes aspectos, los filósofos Claudia Hilb, Héctor Schmucler, Ricardo Panzetta, Tomás Abraham y León Rozitchner. Estas explicaciones fueron a propósito del reportaje publicado al ex guerrillero Héctor Jouve, (quien relata las ejecuciones producidas en Salta en 1963 de un par de combatientes aparentemente “quebrados” y la fugaz presencia en el campamento guerrillero del intelectual Pancho Aricó), y a la lacerante carta de arrepentimiento y las densas y sabias réplicas hechas a los escritores Jorge Jinkis, Juan Ritvo y Eduardo Grüner por el filósofo Oscar del Barco (1). Hilb centra su explicación en las nociones de revolución e igualdad, Panzetta al relato de Jouve, Schmucler a los asesinatos de Rottblatt y Groswald, Abraham al arrepentimiento de Del Barco, y Rozitchner a la demora inexplicable de más de veinte años en producir dicho arrepentimiento. Al decir de Rozitchner, por no haber querido “…dar nombres y darles rostros y vida a los fantasmas que engendramos en los otros, dejábamos de mostrar los [fantasmas] que el terror pasado prolongaba en la actualidad política, aunque siguieran trabajando silenciosos en nosotros” (Rozitchner, 2006). Por esa precisa razón, es que Del Barco en su carta-confesión le urge al laureado poeta Juan Gelman para que ahora hable claro, de manera tal de poner transparencia al pasado. La misma petición de transparencia retrospectiva podría también extenderla Del Barco a los restantes miembros del Comité Editorial de Pasado y Presente, en especial a aquellos que operaron una década más tarde con la nueva serie, de abril-junio de 1973 (Feldman, Nun, Portantiero, Torre, Tula, etc.), y a los autores de su principal, anónimo e irresponsable artículo idealizador del peronismo titulado “La ´Larga Marcha´ al Socialismo en la Argentina” (2). Esta necesidad de transparencia obedece a que otra década después de aquella última aventura revolucionaria (1973-74), que terminó en un genocidio, y luego de su retorno del exilio, algunos de esos protagonistas aparecieron nuevamente militando en política pero con otro signo partidario radicalmente adverso (UCR) y en funciones de poder, como fue el caso del núcleo intelectual armado por el empresario de medios Meyer Goodbar y conocido como Grupo Esmeralda (3). La sospecha de la existencia de un aventurerismo y oportunismo entrista, disfrazado de una permanente búsqueda de anclaje o cable a tierra político, combinado con vínculos financieros ocultos y clandestinos, enquistados en la intelectualidad argentina, tal como en su momento lo sugirieron muy elípticamente Castañeda (1993), Burgos (2004) y Kohan (2004) no puede escapar entonces a nadie que no peque de inocencia (4). Pero esa nueva militancia política no estuvo esta vez signada por el marco filosófico Althusseriano, sino que revisó y adoptó el viejo marco teórico del filósofo alemán Carl Schmitt.(5) El trasfondo ideológico Schmittiano que había sido traducido por José Aricó y cultivado en el Club de Cultura Socialista, alimentó al Grupo Esmeralda, autor o inspirador de los capituladores discursos Alfonsinistas de la “Economía de Guerra” y de la “Casa está en Orden” y su claudicante legislación (Obediencia Debida y Punto Final); los contubernios ideológicos anti-radicales del Pacto de Olivos y de la Reforma Constitucional del 94; y finalmente, la vergonzante justificación teórica de los Decretos de Necesidad y Urgencia (DNU) y de los Superpoderes. Como decíamos, la usina desde donde dicha ideología Schmittiana –que convierte a la excepción en regla abrevándose en Hobbes y que se había originado inicialmente en el primer Peronismo (Díaz de Vivar en contrapunto con Amílcar Mercader, en Dotti, 2000, 95-121)-- fue procesada, fermentada y aggiornada, tuvo lugar en el propio Club de Cultura Socialista (Sarlo, Aricó, Nun, Altamirano, Dotti, Gramuglio, Sábato, Jelin, Leis, et. al.), y en su órgano periodístico Ciudad Futura.(6) Una democracia de baja intensidad, como la que experimentamos a partir de 1984, sería entonces aquella que preserva escrupulosamente las formalidades y el protocolo, pero donde la transparencia y la sustancia autocrítica, deliberativa, meritocrática, competitiva y exogámica del ejercicio democrático está crudamente ausente, por la falta de voluntad política y académica para revisar el pasado remoto y reciente, y oxigenar las instituciones culturales presentes, las que no por casualidad se perpetúan en condiciones herméticas, desjerarquizadas, fragmentadas y venalmente contaminadas. Su nocivo ejemplo se derrama a los niveles laterales correspondientes a las profesiones liberales, y a las escalas inferiores de las instituciones educativas, al extremo de que el poder político actual boicotea la formación de Telecentros Comunitarios (7); y, por el contrario, intenta embarcar al país en el mercantil y anti-pedagógico Proyecto de Nicholas Negroponte (8) Por todo ello, no basta con modificar sólo la Ley de Educación Superior; sino que es preciso producir una democratización profunda de todas las instituciones de la cultura, incluidas las referidas a los medios de comunicación masiva. Es decir, una comunidad donde los intelectuales no son físicamente perseguidos por sus opiniones, y donde no existe censura, cárcel ni patíbulo por el “pecado” de disentir; pero donde sin embargo el miedo a “descolocarse” o “desubicarse” con quienes detentan el poder político y cultural --peligrando el puesto de trabajo o malogrando privilegios económicos, como incentivos, becas, subsidios y subvenciones-- está culturalmente enquistado y psicológicamente internalizado. En otras palabras, una comunidad donde rige una violencia simbólica ilegítima, tácita y/o latente, que está destinada ex profeso a domesticar y disciplinar las mentes, las conciencias y las vocaciones, subordinando a los intelectuales al status de cortesanos del poder, impone un silencio a dos puntas; que amedrenta a los jóvenes con bloquearles sus pretensiones de ascenso académico, y a la vieja guardia intelectual que persista en su independencia con sabotearles una jubilación digna. Este enquistamiento e internalización no les permitiría ensayar la voluntad de confesar o discrepar, ni proponer cambios, ni denunciar anomalías o corrupciones, ni prestar solidaridad alguna para con los que a juzgar por su independencia de criterio son segregados, anatematizados y/o moralmente acosados. Aunque les muerda el dolor del vacío, la indefensión y la pérdida de su autoestima, estos últimos se encontrarían ante la patética situación en la que “nunca podrían esperar una mano, una ayuda ni un favor”. Este inhumano y desolador cuadro, que se ceba en aquellos a quienes el sistema estigmatiza como chivos expiatorios, y que por el contrario premia y asciende a sus aduladores, esbirros y sicarios, intimida a la comunidad intelectual, la expulsa a una deserción y un ostracismo que aumenta la brecha con los países centrales, o la incita a refugiarse en patologías o pautas de conducta violatorias de los códigos académicos. Entre esas pautas rige la intriga, el chisme, el secretismo, la extorsión, el chantaje, la venganza, la traición, y el buscar seguridad y protección en trenzas, roscas y camarillas, que le permitan compartir los eventuales botines de guerra, y lo parapeten cual si fueran casamatas o búnquers, contra la indiferencia, la discriminación, la postergación y la represalia. Toda la libido intelectual estaría focalizada en “hacerse amigo del juez”, en reforzar y consolidar identidades de tipo clánico, y en concertar vínculos insanos como el compadrazgo y la coalición en sectas o logias, con las que poder disputar con éxito las diferentes instancias de poder académico, científico y cultural (elecciones de claustro, integración de comisiones y comités editoriales, constitución de jurados y referatos, organización de congresos y simposios, etc.). En ese enmudecimiento cómplice y en esas relaciones de poder cortesanas, genuflexas, ventajeras y oportunistas, y no en los méritos intelectuales propios, ni en las rupturas epistemológicas o metodológicas alcanzadas en sus investigaciones, ponencias y exposiciones, ni en las innovaciones tecnológicas con que exhiba su producción, estaría cifrada toda la esperanza de inmunidad, reconocimiento, cooptación y promoción académica. Esta búsqueda perversa de un nicho ilegítimo lo induciría a su vez a incurrir en diversos mecanismos ficticios y cínicos (fatuidad, imitación, simulación, adulteración, plagio, etc.), y en una constante propensión a rehuir la polémica o el debate franco, donde la originalidad, la creatividad y la fractura con lo establecido estarían obstinadamente ausentes. Notas (1) Para Jankélévitch (1999), el arrepentimiento “…necesita a la culpa para tener de que arrepentirse. El objetivo del arrepentido no es desde luego amar, sino reconciliarse consigo mismo” (Jankélévitch, 1999, 167). Asimismo, según Verdeja, el arrepentimiento obedece a la necesidad de crear un nuevo futuro (Verdeja, 2005). (2) La idealización del Peronismo hecha por Pasado y Presente en 1973 la explicitó Burgos en una docena de páginas (Burgos, 2004, 208-217). Pero en dicha crítica Burgos no se detuvo a estudiar el siguiente párrafo: “Estos son, a nuestro entender, los rasgos que definen la originalidad del movimiento peronista. De un movimiento que, con el triunfo electoral del 11 de marzo [1973] dio los primeros pasos hacia una nueva etapa de su historia. Ese día, el peronismo actuó como síntesis política del conjunto de clases que se opusieron, desde 1966, al proyecto monopolista, cuantificó en las urnas todo el odio acumulado por el pueblo frente al imperialismo y sus aliados internos. El pronunciamiento masivo que significó el voto, puso también al descubierto el error de quienes, desde una izquierda que salía de la crisis del reformismo y que había logrado una primera inserción en el movimiento de masas, propugnaron el voto en blanco, alentando una vana ilusión de pureza programática”. (Debo el ejemplar de este inhallable número de Pasado y Presente a la generosidad de Martín Sivak, hijo de mi malogrado amigo Jorge Sivak) (3) Juan Carlos Portantiero , Juan Carlos Torre, Emilio De Ipola, Hugo Rappaport, Pablo Giussani, Pedro Parturesni y Sergio Bufano (Rodríguez, 2005). (4) ver Burgos, 2004, 91 y 107. (5) ver Hernando, 2001. (6) ver la actividad de José Aricó como traductor de Schmitt y del Club de Cultura Socialista como receptáculo de su lectura y adaptación ideológica, en Dotti, 2000, nota 768, p.703. (7): Delgadillo, Gómez, y Stoll, 2000; (8) En el proyecto se encuentran implicados los intelectuales argentinos Alejandro Piscitelli y Adrían Paenza, así como un instituto de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA dirigido por el Dr. Hugo Scolnik. Para la réplica al proyecto de Negroponte ver Villanueva Mansilla, 2006. Bibliografía Abraham, Tomás (2006): Los filósofos argentinos, la Verdad y el Terrorismo http://www.foroplanetario.com.ar/docs/Articulos.php?IdArticulo=85 Anonymous (1973): “La ´Larga Marcha´ al Socialismo en la Argentina”, Pasado y Presente, año IV, n.1, nueva serie, abril-junio 1973, 3-29; Barco, Oscar del (2006): Comentarios a los artículos de Jorge Jinkis, Juan Ritvo y Eduardo Grüner, aparecidos en Conjetural Revista Psicoanalítica, mayo 2005, n.42, pp.13-46; http://www.clubsocialista.com.ar/novRec/Comentario%20a%20los%20articulos%20de%20Jinkis%20Ritvo%20y%20Gruner.doc Burgos, Raúl (2004): Los gramscianos argentinos. 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